El mayor subidón del mundo

Permitidme que hable desde un cuasitotal desconocimiento sobre la materia, que se retrotrae únicamente a unas pocas y lejanas mañanas de infancia ante aquel Telecinco lazaroviano; el de Tutti Frutti y demás, ya sabéis. Borrosos en mis recuerdos, y en los de muchos compañeros de generación, se abre camino a puñetazo limpio toda una caterva de personajes que configuraban aquello que en este país dio en llamarse Pressing Catch y cuyo pasaporte internacional lo identifica, aún hoy, con las siglas WWE.

La WrestleMania, la lucha libre. No sé, no me gustaría que esto pareciera una boutade por mi parte, pero resulta que me ha dado por reflexionar entorno al tema en ocasión de un reciente encuentro, cacareadísimo, entre dos figurones. Hace escasos meses la superestrella de Dakota Brock Lesnar se veía las caras con un retornado Undertaker, ese Enterrador que, nunca mejor dicho, ha vuelto de la tumba para partir unos cuantos cráneos. Y no vamos a reivindicar todo aquello como un arte noble, ni tampoco, es obvio, como un deporte tradicional. Por lo menos no desde una perspectiva de pureza disciplinaria. Pero de algún modo el wrestling sí podría tener un poco de cada para alcanzar una alquimia que, a vista del éxito del que goza desde hace décadas en Estados Unidos, podría ser perfecta. Es más: ¿por qué no hacemos un poco de ejercicio de humildad y aceptamos que hay pocos espectáculos tan brutalmente únicos como ese?

 

No vamos a reivindicar el wrestling como un arte noble, ni tampoco como un deporte tradicional. Pero de algún modo sí podría tener un poco de cada para alcanzar una alquimia que podría ser perfecta.

Dos elementos caracterizan, a mi entender, lo que debería ser el perfecto guión para un show semejante. Porque, ya se sabe, ahí todo está perfectamente guionizado, medido y controlado, a pesar de los habituales accidentes y las tremendas secuelas físicas que sufren los luchadores. Y ese es precisamente mi primer punto: el Pressing Catch parte de una convención. Aquella que se asume y se interioriza por parte del espectador. Todo lo que ve es teatro, mentira, puesta en escena. Los golpes están coreografiados, las caídas calculadas, los bofetones exagerados hasta casi el límite de la pantomima. Una representación que, por otro lado, no se esconde de su propio carácter artificial: son habituales -o por lo menos en aquella época lo eran; de nuevo, disculpad mi incultura entorno al tema- los disfraces de fantasía y las escenificaciones vistosas en lo que tiene mucho, también, de carnaval agresivo. Los luchadores sobreactúan, inyectando a sus composiciones esa mezcla de adrenalina, chorrazo de testosterona y visceralidad propia del teatro tradicional marcada por la pura necesidad física: había que gritar para que, en un anfiteatro, todo el mundo pudiera oír lo que se cocía en la pista. Y eso es precisamente lo que marca un guión en la WWE, un poderoso hilo de autoconsciencia, siempre autoparódica pero, mucho ojo, también respetuosa hacia un espectador cuyo nivel intelectual es, durante el tiempo que dura el combate, irrelevante.

 

wwe

 

Aquí debería empezar la fascinación por el tema. Es necesario olvidarnos del chascarrillo, dejar por un lado cierto esnobismo cultural y analizar esto fríamente. El segundo elemento característico del Pressing Catch como escenificación de una ficción: la entrega del público hacia esta Gran Mentira, polarizada por un bando de héroes y uno de villanos. En enormes estadios, emporios del consumismo, el griterío, la exaltación patriótica y la (lo digo sin ningún tono de mofa, de verdad) cultura redneck, decenas de miles de personas eligen un bando -normalmente el de los buenos, claro- y se entregan en cuerpo y alma a esa representación. Se olvidan de todo y se dejan llevar por la ficción no sólo de manera intelectual -una entrega del espectador a la que todos los guionistas, supongo, aspiramos- sino, cuidado, también puramente física. Es este fervor químico, este salvajismo visceral lo que conecta el WWE con el deporte pero también lo que lo hace único como ejercicio de ficción. ¿En cuántas disciplinas de la narrativa puede llegarse a semejante comunión entre intelecto y fisiología? ¿En cuantas variantes del arte de la escritura aquello inventado es vivido de una manera tan físicamente intensa por el receptor? No se me ocurren demasiadas, por no decir ninguna. No hay más que ver un combate para comprobar cómo la gente se agarra a ese acto último de ficción brutal, cómo se entregan a unos colores, sean cuales sean, como se desgañitan como si no hubiera un mañana, sabiendo que todo ha sido pensado previamente por algún creativo obligado a renovar el espectáculo sin salirse de sus propias reglas.

 

¿En cuántas disciplinas de la narrativa puede llegarse a semejante comunión entre intelecto y fisiología? ¿En cuantas variantes del arte de la escritura aquello inventado es vivido de una manera tan físicamente intensa por el receptor?

Y, claro, no conozco a nadie que aspire a ser guionista de Pressing Catch. Es obvio, por una simple cuestión de tradición geográfica. Pero parémonos a considerarlo un momento: ¿cuántos de nosotros vamos a lograr alguna vez con nuestro trabajo generar el rush, el subidón bestial que se debe experimentar al ver un estadio lleno entregándose de manera tan animal, tan primaria y tan pura a una “simple” ficción? Perdonadme pero, hostias, da que pensar.
Pues eso, respeto.