El monstruo, el pez fuera del agua y el único normal del tinglado (un post moderadamente largo sobre los personajes de sitcom)

Empecemos por la parte práctica, que ma de que cuando me ponga en plan reflexivo me extenderé demasiado y temo que pocos lleguen al final de este post. Así que allá va:

Taller de guión de sitcom

Todo lo que vas a leer aquí -y bastante más, para ser sinceros- te lo vas a encontrar en el Taller de Sitcom, aka comedia de situación, aka telecomedia, que impartiremos para The Collective. Un curso profesional destinado a guionistas y aspirantes (es todo-el-mundo friendly: didáctico pero especializado) donde explicaremos en qué consiste esto de la comedia en televisión. Una buena manera de aproximarse al guión desde un prisma de formato dramático que siempre está de actualidad. La idea es que termines conociendo sus resortes, sus características, sus tipologías de personajes, de tramas, de escenas.

Las clases teóricas se irán entretejiendo con los ejercicios prácticos y la escritura de un guión de piloto para sitcom. La idea es que no sólo salgas de ahí con la cabeza suficientemente amueblada como para encarar la escritura de una sitcom y su biblia sino que cada alumno termine con un piloto presentable.

 

Tienes toda la información, aquí: Taller de guión de Sitcom

 

Así las cosas, aliñemos todo esto con una bonita reflexión entorno a…

Algunas tipologías de personaje

Es sabido que la comedia en general, la sitcom en concreto, funciona por contrastes: a partir del choque de opuestos se genera el humor. El gag nace de una reacción inesperada a una acción controlada, de una ruptura de la expectativa o, especialmente, de una profunda perspectiva cómica generada por un personaje concreto. Dicho de otro modo, en el insondable abismo que se produce entre nuestra visión del mundo y la que tiene ese personaje es donde se produce la chispa del humor.

 

No conviene ponernos muy técnicos, y menos en un post dedicado a los personajes cómicos. Especialmente porque si me pongo de ese rollo me viene a la mente la imagen arquetípica de sabio coñazo -no me considero lo primero, pero sí puedo ser bastante de lo segundo- y como que tampoco es plan. Pero quedémonos con eso contado en el anterior párrafo y ya puestos quedémonos también con esto otro, lo de los arquetipos. ¿Vale? Ahora voy a eso. Antes sigo divagando un poco más, ya me perdonarán.

 

Somos todos un poco cerriles. A Esos Tipos Que Deciden Cosas les gusta decir que el ser humano es estúpido, tropieza dos veces con la misma piedra y le echa la culpa a la piedra. Pero también van cascando por ahí que no, que el espectador televisivo no es idiota. Bien, no sé, mientras no se demuestre que la televisión eleva nuestro cociente intelectual unos cuantos puntos respecto a esos otros yoés que van por ahí tropezando dos veces con piedras nos quedaremos con una máxima: la sitcom no arriesga, no se moja, no se sale de sus propios parámetros. Sabe lo que funciona porque sabe que los espectadores somos un poco tontos. Y que siempre volvemos porque sabemos lo que nos da y queremos más de lo mismo.

 

No me lo invento yo, lo dice cualquiera que se dedique a esto. Y también lo dicen las necesidades de mercado, que al final son las que mandan.

 

Ojo, me encanta la sitcom como formato. Esa no es la cuestión. Tampoco lo es ponernos a discutir como tertulianos qué es una sitcom y qué no lo es. Si Louie, It’s Always Sunny in Philadelphia, 30 Rock, Master of None o Man Seeking Woman lo son. Si esas pertenecen al mismo grupo que Friends, Seinfeld o Cheers. Si la narrativa de cámara única es muy distinta a la del multicámara propio de la sitcom tradicional. Si rodar con público (o simularlo) en un set es muy distinto en términos de construcción dramática a hacerlo en localizaciones naturales. Ni mucho menos toca ponernos a jerarquizar qué tipo de comedia le conviene más a la televisión y qué tipo de comedia le conviene al público. Porque la respuesta es, probablemente, todos. Venga hombre, no nos pongamos elitistas, copón.

 

Pero me estoy liando. A lo que voy es que la sitcom encontró hace décadas una fórmula y la ha ido explotando con éxito durante todo este tiempo. Bueno, menos en el caso de Joey. Y parte del peso alquímico de esa fórmula recae sobre los hombros de los personajes. Y sí, claro, un buen personaje es el que es tridimensional, el que no traiciona sus propios preceptos psicológicos, el que sorprende cada vez sin dejar de ser si mismo, el que, en definitiva, es carismático as fuck. Pero esto es igual de cierto: estos personajes suelen responder a arquetipos. Situación un poco chorra: en un brainstorming guionístico donde se trata la creación de los personajes vuelan los epítetos, a cuál más ocurrente, a cuál más desligado del anterior. Resultado igual de chorra: 87% de posibilidades de que la plantilla de personajes esté descompensada, que no resulten complementarios, que se pisen los unos a los otros y, básicamente, que no se entiendan un carajo. Posible solución: amigos, recurran al arquetipo.

 

La sitcom encontró hace décadas una fórmula y la ha ido explotando con éxito durante todo este tiempo. Parte del peso alquímico de esa fórmula recae sobre los hombros de los personajes

Ejercicio práctico. Adivina a qué serie en concreto pertenece el siguiente esquema de personajes: el cómico, el mezquino, el outsider, la metepatas. Qué tal este otro: la pija, la neohippy, la control freak, el chistoso, el tontorrón, el… bueno, el Ross. Con todo, los esquemas de personajes se van repitiendo, con permutaciones, a lo largo de la historia de la sitcom. Y ha ido encontrando algunos modelos particularmente efectivos donde un personaje funciona como centro gravitacional del resto, siendo completamente opuesto a ellos. Tres ejemplos: el personaje monstruoso, el pez fuera del agua y el único normal del tinglado.

 

Los tres modelos buscan la identificación del espectador con el personaje en cuestión, aunque lo hacen de modos bastante opuestos. Por un lado, el personaje monstruoso (palabras de un tipo que sabe más que yo, Marc Blake, no mías) ejerce como… bueno, como hijoputa. O como mezquino. O como insoportable cabrón. Perdonen mi francés, pero es así. Al Bundy, de Matrimonio con hijos era un tipo desagradable, violento, machista, amargado, amargante y además compartía apellido con una estrella del asesinato en serie. David Brent, de The Office era egoísta, mezquino, desagradable, inoportuno, bailaba como el infierno y tenía el gusto estilístico en el orto. Pero hey, ahí los tenéis, protagonizando series. Y haciendo que nos sintamos mal por vernos un poco reconocidos en ellos. No en sus maneras, pero sí en su humanidad.

 

david-brent

 

Y por otro lado corretean por ahí los peces fuera del agua y los personajes “normales” en medio de un caos de furia surrealista. El primero es un Larry David que ha dejado el hábitat donde se siente cómodo y feliz, el frío, agresivo y hostil Nueva York. Y se ha marchado a la cálida y díscola Los Angeles. O Joel Fleischman, que llega a una Cicely, Alaska, que más bien parece un Twin Peaks para buenas personas. El segundo, el personaje “normal” es exactamente eso. Ese tipo o tipa que parece ser el único con sentido común en un caldo de cultivo de freaks. Lo opuesto a Kramer, lo contrario al Reverendo Ignatowski de Christopher Lloyd. Jim y Pam en la absurdilandia de Dunder Mifflin, Michael Bluth como núcleo de todo el sentido común en la familia Bluth de Arrested Development.

 

Personajes, en fin, que parecen estar solos, descolocados, ajenos al resto. La sitcom es comedia coral, es relaciones entre los personajes. Pero este es otro tipo de esquema relacional posible. El que nos recuerda que aunque como seres humanos anhelemos la compañía del grupo y la pertenencia a una sociedad, en ocasiones lo que queremos es que nos dejen solos, porque nosotros somos únicos. Y el resto de la gente son unos freaks. Es trabajo del guionista apelar a este tipo de sentimientos, ¿no?

 

La sitcom es comedia coral, es relaciones entre los personajes. Pero existen otros tipos de esquemas relacionales posibles

 

¿Qué quiero decir con todo esto? Sinceramente, no tengo ni idea. No se me ocurre una conclusión a la altura, pero consideraba escribir “algo” o hacer un ranking de sitcoms imprescindibles. Ahí lo tenéis, diluido entre las líneas de este jibberish que acabo de exponer. Vagos y pragámticos, de nada: Seinfeld, Taxi, CheersFriends, Matrimonio con hijos, Doctor en Alaska, que no es propiamente una sitcom, pero es divertida igual, las dos versiones de The Office, Curb Your Enthusiasm, Arrested Development, Louie, It’s Always Sunny in Philadelphia o 30 Rock. Todas ellas series maravillosas. Todas ellas pobladas por personajes memorables.