Un paracaídas para el guionista

Los guionistas solemos ser gente ingeniosa, de neuronas veloces y lengua puntiaguda. Las ideas nos fluyen a mil por hora y las soltamos como una metralleta. Eso es lo que nos gusta pensar de nosotros mismos, pero esa rapidez mental no suele aparecer en público, sino en la soledad de nuestras tristes casas, y es ahí donde se nos ocurren esas frases maravillosas de las que presumir delante de nuestras madres. El mayor pavor de un guionista es hablar en público y su mayor deseo es tener una elocuencia igual que sus personajes.

Una vez me apunté a un curso que prometía quitar el miedo escénico. Cuando llegué al lugar me encontré a dos profesores jóvenes y 15 personas más. Todo tenía un aire a secta y nos pasaban diapositivas con gráficos y pirámides. Luego uno de los profesores se levantó seriamente y juró por Dios que hoy saldríamos con una oratoria que ni Cicerón. Para ello nos obligó a hacer un ejercicio: nos separó en grupos de tres, nos preguntó por nuestras profesiones (un médico, un abogado y una servidora, la guionista) y nos propuso lo siguiente: “Imaginaos que vais en un avión, éste está a punto de estrellar y sólo hay un paracaídas. Debéis de convencer al jurado de la sala para que os otorgue el paracaídas argumentando por qué vuestra profesión es más útil que las demás para la sociedad”.

 

Los tres nos pusimos a elaborar los argumentos, mientras el médico y el abogado ya tenían una larga columna escrita, yo tenía mi hoja en blanco. Porque así, racionalmente, sin entrar en cuestión de egos. ¿Para qué sirve un guionista? ¿Cómo mejora la sociedad? Si incluso nuestro ministro desprecia nuestra labor. Somos ninguneados por todo el mundo, ¿por qué me iban a dar el paracaídas a mi?
Comencé a repasar mi vida de guionista: El insomnio, levantarte de la cama y apuntarte una frase, molestar a tus amigos con tus historias, no saber cuánto dinero tendrás el mes que viene, comer lentejas de bote día si día no, la cantidad de tabaco fumado cada día… ¿Realmente quiero el paracaídas?

 

Por supuesto cuando nos tocó salir a los tres, el médico expuso unos argumentos totalmente esperados y poco originales, pero aceptables. El abogado resultó ser un orador magnífico que se apuntó al cursillo sólo para lucirse y al minuto uno ya tenía al jurado metido en el bote. Yo, entre el tic del párpado y mis escuetos argumentos de: “los niños necesitan historias bonitas” y “las señoras tienen que entretenerse con algo por las tardes” pues ni un miembro del jurado votó por mi vida, lo esperado.

 

Me senté derrotada en mi puesto y observé a los dos ganadores. ¿Ah sí? Pues yo hago que vuestras profesiones molen más de lo que en realidad son. Hago que los niños quieran ser médicos como House o abogados como Shark o Ally MacBeal. Todo lo que contáis aquí yo lo mejoro, lo idealizo y lo enseño al mundo. Vosotros habéis ganado el paracaídas porque hay gente como yo escribiendo sobre vosotros. Es más, deberíais de darme las gracias por la chica que os ligásteis el sábado pasado. Hago que vuestras anodinas profesiones parezcan interesantes. ¿Por qué ningún niño quieres ser aparejador? Porque nadie ha escrito nada interesante sobre él… Dadme unos meses y la próxima generación estará repleta de aparejadores en el paro. Mierda, ¿por qué no he tenido el valor de decirlo en voz alta? Cuando llegue a casa lo escribo.