Personajes que nos marcaron: George Costanza

Seinfeld no fue solamente la mejor sitcom de la Historia de la televisión norteamericana (y nos quedamos cortos), fue, entre otras muchísimas cosas, una de las ficciones que con más astucia jugó la carta del binomio distanciamiento/empatía. De algún modo, cargándose de toneladas de ironía, extrañeza cotidiana y sorna contemporánea y reduciendo sus cargas emotivas a un 0%, Seinfeld logró que conectáramos con su propio mundo de manera directa y totalmente desnuda, sin aditivos ni efectismos innecesarios. De manera que sobre el papel podía parecer difícil establecer una conexión empática profunda con algunos de sus personajes (neuróticos, freaks o simple e ingeniosamente anodinos) pero en la realidad lo lograba. Y lo mejor de todo es que lo lograba a través del más mezquino, egoísta y desastroso de todos ellos. George Costanza, claro. El bajito calvo con sobrepeso, familia desastrosa y problemas de curro que se moría por estar con alguien del género femenino, que nunca lograba ligar y que cuando lo hacía lo mandaba todo a la mierda con alguna de sus manías inexplicables basadas en, básicamente, el impulso de ser un tocapelotas compulsivo. Ese tipo. Un auténtico cuadro humano, un ser de una imperfección apabullante, un auténtico animal social totalmente asocial, un misántropo desesperado por ser aceptado. Algo parecido al desequilibrio más absoluto. Algo parecido a todos nostros. O a la mayoría de nostros, por lo menos.

George Costanza era, ya se sabe, una especie de sosias de Larry David, cocreador junto a Jerry Seinfeld de la serie y padre más tarde de Curb Your Enthusiasm. Y la verdad, viendo su otra gran obra maestra no cuesta reconocer en si mismo las lineas generales que determinaron a George: observación dura y directa de la realidad, inseguridad disfrazada de mala leche, vulnerabilidad psicosocial, calvicie letal. Todo ello daba como resultado un cóctel de hilaridad suprema basado en una colección de virtudes/taras, a nivel de escritura insuperables: una pareja de padres a quien bastaba un par de líneas de diálogo para, a la tercera, desatar una tormenta de reproches disparados a grito pelado; una galopante tacañería a medio camino de la mezquindad y el celo de adolescente que no quiere gastarse su paga mensual; una capacidad desmedida para la envidia por la envidia; una tremenda tendencia a la sobreverbalización, que lo convertía en un incurable bocazas; una alucinante habilidad para inventarse excusas surrealistas a la hora de escaquearse de cualquier responsabilidad que le tocara las narices (se incluían personalidades falsas -Art Vandelay- o cambios fisiológicos inesperados -“I was in the pool!“); una preocupantemente baja autoestima que compensaba al mismo tiempo con una estoica dignidad que le permitía sobrellevar su condición de paria social; y un modus operandi generalizado que lo convertía en un gritón alterable asquerosamente listillo… y obviamente adorable. A su manera.

 

George Costanza era observación dura y directa de la realidad, inseguridad disfrazada de mala leche, vulnerabilidad psicosocial y calvicie letal en un cóctel de hilaridad suprema.

 

De todos modos, lo que convertía a George en uno de los mejores personajes cómicos jamás escritos para la pequeña pantalla era el dominio que demostraron Seinfeld y David a la hora de plasmar un oximoron viviente. Así como Kramer era la anarquía desatada George era una especie de calamidad controlada, una contradicción permanente perfectamente coherente. Uno nunca sabía por dónde iba a salir George, pero cuando lo hacía la cosa parecía totalmente esperable de él. O a la inversa, se podía prever su próximo paso… y entonces fintaba. Sólo para, sí, que al final todo fuera lo esperable en él. Esa capacidad de constante autorenovado de la potencialidad cómica -muy lograda en parte también gracias al apabullante timing del actor Jason Alexander y de él con Jerry– se ha repetido escasas veces en la posterior sitcom americana, tan acostumbrada a explotar sus personajes de manera lineal, previsible y francamente aburrida. Sí, claro, después de George han habido otros grandes personajes cómicos masculinos en la televisión angloparlante (Tobias Fünke, David Brent, Jack Donaghy, Charlie Kelly), pero pocos han logrado combinar tan bien entrañabilidad, excentricidad, adhesión, repulsión y -ay- identificación como lo logró él.

 

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