Personajes que nos marcaron: Latka Gravas

No me cuesta imaginar a los Charles (Glen y Les) hablando entre carcajadas, quién sabe si también fumando algo, en el momento en que, allá por los años setenta, diseñaban a uno de sus personajes más celebrados como tal. Como personaje, quiero decir, en la más pintoresca acepción de la palabra: su Frasier no dejaba de ser un tipo cotidiano lleno de neuras y prejuicios estúpidos, sus Cliff y Norm representaban aquellos dos amigotes que siempre encontramos en casi todos los bares y que hacen de su dialéctica etílica una suerte de articulación de lecciones de vida para una larga y próspera soledad. Personajes, en una palabra, humanos.

Sin embargo, en la otra cara de la moneda, ahí quedaba para la posteridad el grande, entrañable Latka Gravas, el psicotrópico mecánico del garaje de Taxi (la sitcom que entre los años 1978 y 1983 habitó en la ABC y la NBC). Una especie de proto-Chewbacca que gastaba el rostro del eterno cómico maldito Andy Kaufman y cuya procedencia cabía atribuirla a un país desconocido de una Europa inventada. Latka era, en el mayor de los casos, puro nonsense, gag absurdo despojado de cualquier condimento o sofisticación. Una especie de mascota (mascot) afortunada que a menudo gustaba de descargar sus interminables verborreas jibberish, escupidas con inocente candor, sobre el primer desdichado que pasara por ahí, preferentemente un aturullado Louie, aquel Jefe De Todo Esto que interpretaba con muy italoamericana mala hostia Danny DeVito. Latka aparecía, en cualquier caso, como motor de algunas subtramas ocasionales, depositario de algunos de los momentos más insospechadamente emotivos (hemos dicho que era pintoresco, no que estuviera capado de emoción) y, en la mayoría de los casos, ejercía de personaje bufón que sólo necesitaba de una palabra a modo de catchphrase (perdonad mi oxidado latkiano, pero sonaba algo así como «ibbidah») para robar la escena en cuestión.

 

 

Decía yo que qué endiabladamente divertido tuvo que ser parir y plasmar en papel sus delirantes intervenciones, cuyos diálogos obviamente improvisaba sobre la marcha el bueno de Kaufman: James L. Brooks y su tropa de guionistas se las tenían que manejar cada semana para redimensionar el mismo gag, en un más que plausible trabajo directo con el cómico. Una operación creativa coordinada entre escritores y actor que, probablemente, también debía producirse con el abrasivo y zumbado Jim Ignatowski, reverendo colgado con un mal viaje perenne y varias contusiones cerebrales interpretado con controlado histrionismo por Christopher Lloyd. No sería de extrañar que hubiera sido el propio Kaufman quien sugiriera en cierto punto de la serie orear al personaje y sacrificar su delicioso hermetismo en pos de una treta argumental sospechosa pero también innegablemente efectiva: el ex Saturday Night Live ofrecería un abanico muchísimo más amplio de registros a partir de ese momento, hacia la mitad de la serie, en el que Latka empezara a sufrir cambios inesperados de personalidad en uno de esos casos en los que queda patente la potencialidad cómica de la esquizofrenia como patología social. Quedaba apartado el educado, ingenuo y misterioso extranjero y empezaban a desfilar por su cuerpo poseído, cual caterva enloquecida de demonios, rancheros de Texas o lords británicos, todos personajes conscientemente más insoportables que el huésped original.

 

Una auténtica ruptura del pathos para un personaje que, sin embargo, siempre terminó volviendo allá de donde procedía: ese terreno donde habitan los personajes con una personalidad marcada y que, sin embargo, nunca dejan de fascinar y sorprender, desde una preciosa simplicidad, a sus entregados espectadores. ¿Cuántos de nosotros mataríamos por escribir a semejante perla?

 

latka