Sitges 2015: Un resumen (Parte 1)

Nuestro primer año como marxistas en Sitges se ha saldado con, oh, sorpresa, una disparidad en la calidad de los títulos que parece no ya sólo constante en cualquier festival de estas características sino específicamente en el certamen fantaterrorífico por excelencia en la Península Ibérica. Ya se sabe, el Festival quiere contentar a varias clases distintas de público y apela con ello a criterios de selección dispares, en algunos casos antagónicos. Aquí conviven títulos que vienen envueltos en una bruma de prestigio arrastrada desde otros festivales -algunos de Clase A- con puros exploits de género disparatados. Revelaciones cinematográficas de textura indie con productos de pretensión mainstream. Sutiles acercamientos al fantástico con atropellados ejercicios de transgresión salvaje del género. Apichatpong Weerasethakul con Eli Roth. Takashi Miike con Charlie Kaufman. Paolo Sorrentino con Sion Sono, con Gaspar Noé, con Hou Hsiao-Hsien. Todo muy ecléctico, claro, y zampado en modo maratoniano también todo bastante esquizofrénico. Pero lleno de sorpresas, pequeñas o cantadas, de títulos de incuestionable calidad y de nuevas entregas relevantes de algunos de los cineastas más importantes, personales, arriesgados, o todo junto, del momento.

En Sitges conviven títulos que vienen envueltos en una bruma de prestigio arrastrada desde otros festivales -algunos de Clase A- con puros exploits de género disparatados. Revelaciones cinematográficas de textura indie con productos de pretensión mainstream.

He aquí una primera entrega de algunas de las cosas que hemos podido ver este año, que debería servir a modo de repaso, pero también de guía de recomendaciones: en este primer artículo sobrevolamos un pequeño puñado de títulos que nos han resultado de estimulantes para arriba. Entre interesantes e imprescindibles. Algunos de los mejores momentos de cine vividos estos diez días.

 

Como el que nos supuso La bruja, primera toma de contacto en un viernes que empezó enrarecido gracias a la película-fenómeno de Robert Eggers. Venía avalada por Sundance (lo cual tampoco es necesariamente bueno) y nos sirvió un buen filetazo, atávico, carnal y oscuro, de supersticiones vieja escuela. Una película opresiva, sucia, que entiende el concepto cinematográfico de brujería como se hacía en los 60 y que brinda al espectador una historia contenida pero malrollante que termina eclosionando en un final (¿metafórico o literal? ni idea) de una intensidad bárbara.

 

 

Claro que para barbaries y para atavismos ahí está el planteamiento visual que le aplica Justin Kurzel al Bardo para su adaptación de Macbeth. Otra que venía con buenas referencias y que nos dejó clavados a la butaca con clavos de medio dedo de grosor: Macbeth es una reinterpretación fidedigna pero libre del texto original y, sobre todo, un ejercicio de poderío visual que tiene tanto de manierismo -vale, sí- como de ejemplo de profunda sabiduría escénica. Ojo, en esta también, a su visceral clímax. Todo eso y, como no, el Michael Fassbender más volcánico que recordamos.

 

Para barbaries y para atavismos ahí está el planteamiento visual que aplica Justin Kurzel en su adaptación de Macbeth, otra que venía con buenas referencias y que nos dejó clavados a la butaca

 

En un contexto más urbano pero no menos enfebrecido se mueve Yakuza Apocalypse, otra rodaja de bizarrismo del incombustible Takashi Miike que, esta vez, se centra en las mafias japonesas para cocinar lo que de entrada parece un thriller un poco loco sobre matones y bandas. Pensar que todo va a quedar en eso es poco menos que una imprudencia: el desmadre lisérgico no tarda en hacer acto de presencia en un guión desencajado y pronto la propuesta queda convertida en un (a ratos incomprensible) espectáculo de humor de parvulario, vampiros y máquinas de matar vestidas con kigurumi. Todo muy Miike. A menor gas pero medianamente disfrutable.

 

También bucea en un tono menor El regalo, thriller semi-perverso de Joel Edgerton, que además de como actor (lo cual le valió galardón), ejerce como director y guionista, sobreponiéndose muy bien a sus limitaciones técnicas y a sus planteamientos de tv-movie. Bien interpretada, bien realizada, con una intensidad bien afinada y modulada, y con una medida dosificación de los giros de su guión, El regalo es, digámoslo así, una buena película mala. Un interesante espectáculo a medio camino del suspense vieja escuela y la serie B bien entendida.

 

Algo más severa es El clan, retorno del siempre eficaz Pablo Trapero, que hizo las veces de película sorpresa en los últimos compases del Festival. Con la historia real del clan Puccio como excusa Trapero traza una linea oscura y densa como la sangre a lo largo de los últimos años de historia de su país, Argentina. Una saga familiar absorbente y maloliente al mismo tiempo que examina los lazos afectivos, las expectativas, el abuso de poder y la infinita corrupción instalada en las sociedades mal llamadas modernas. Muy negra.

 

 

Con tanta oscuridad contrasta Cemetery of Splendour, la aplaudida nueva cinta del tailandés Apichatpong Weerasethakul, nombre clave en la cinematografía contemporánea -a quien ya vimos en el Festival hace unos años con otra maravilla, la del tío Boonmee-, que recurre a una historia de espíritus desde una aproximación más luminosa. Y no por ello privada de misticismo y espiritualidad. De nuevo la soledad se coloca como gran foco interés del cineasta y, una vez más, sirve esta como gran columna temática para armar un producto de infinito refinamiento estético que combina lo cotidiano con lo extraordinario y lo sutil con lo escatológico.

 

Sin apartarnos del gran cajón “cine asiático”, nos encontramos con otro regreso sonado, el de un Hou Hsiao-Hsien que esta vez se saca de la manga una incursión en un género al que no nos tiene acostumbrados. The Assassin es una aproximación al cine de, ejem, artes marciales que nos traslada a la China del siglo IX. No obstante, poco tiene que ver esto con las visiones del género de otros autores que dieron el salto, como Zhang YimouThe Assassin está más cerca de Akira Kurosawa que del wu xia, y encierra una enorme inteligencia narrativa y escénica. Es pausada pero magmática y contiene imágenes de una belleza desarmante. Si algún fan hardcoreta recelaba de la idea, puede estar tranquilo: aquí hay tanta sabiduría y tanta lírica como en los anteriores títulos del cineasta.

 

The Assassin es una aproximación al cine de artes marciales que nos traslada a la China del siglo IX en una propuesta más cercana a Kurosawa que al wu xia tradicional.

 

Terminamos con dos cintas más festivas -para qué engañarnos, también más propias de un festival como este- que además han recibido recompensa por su audacia en forma de premios. La ganadora del premio al Mejor guión y el Premio del Jurado, Las últimas supervivientes, es un sano ejercicio de metalenguaje que tontea con las reglas del slasher tradicional para dar una visión irónica muy postmoderna. Comedia terrorífica y terror cómico en un puro juguetito para fans. Y sí, es entretenida, a ratos divertida y en algún momento ingeniosa. Pero qué quieren que les diga, la de Todd Strauss-Schulson huele a hermana (muy) menor de la monumental Cabin in the Woods.

 

 

Por su parte, Bone Tomahawk también juega a subvertir convenciones genéricas, pero desde un prisma mucho más riguroso: empieza como un western crepuscular con toques de epopeya clásica y termina como… bueno, como otra cosa. A medio camino de la apuesta seria y la serie B, la cinta protagonizada por Kurt Russell es gozosa como producto y está bien escrita y realizada. No es una maravilla, ni tampoco el mejor western postmoderno que ha pasado por el Festival (ese sería Slow West), pero es una propuesta más que interesante y un acertado premio a la mejor dirección.