SNL40: 4 décadas de ‘Saturday Night Live’

(Artículo publicado originalmente el 18 de febrero de 2015)

Hay tanto, tantísimo que decir de Saturday Night Live que al final uno no sabe ni por dónde empezar y se limita a, simplemente, balbucear cuatro cosas mal ordenadas esperando no provocar mucho estropicio recordando uno de los programas clave del humor televisivo en Estados Unidos. Una auténtica institución que ha generado afición, hábito, escuela, un culto a su alrededor y que, como suele decirse (con no poco sentido), ha inspirado a generaciones enteras de escritores de comedia de todo el mundo. A un servidor no sé si le ha inspirado, pero cuanto menos le ha hecho creer en todo esto, que no es poco, y lo ha acompañado a lo largo de los años, desde aquel momento en que Internet nos puso al alcance de la mano todo aquello de lo que tanto habíamos oído hablar, que conocíamos tangencialmente gracias a las películas y que de por si sólo habíamos podido catar gracias a algunos que otros VHS recopilatorios. Luego con la edición de los DVD de las primeras temporadas la cosa ya se disparó: por fin podíamos ver de verdad y con obsesión completista los programas enteros y descubrir como si fuera la primera vez aquellos sketches-leyenda protagonizados por los dioses de la comedia.

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Lorne Michaels es obviamente consciente del impacto popular del programa que sacó de su chistera hace ahora cuatro décadas. De modo que en su Especial Aniversario, emitido el domingo pasado en la madre NBC, SNL ha tirado de greatest hits de ayer y hoy apelando a la nostalgia con una intensidad que no nos habríamos imaginado. Y se le pueden reprochar varias cosas al programa, pero la falta de pasión no es una de ellas: Jimmy Fallon y Justin Timberlake, la pareja de hosts más cacareada de la década, abren con uno de sus números musicales. Dan pie a una cabecera kilométrica -invitados a porrillo- y de repente aparece, por esa puerta, Steve Martin El Grande para acometer un monólogo inicial francamente alejado de sus históricas presentaciones. Da igual, la mecha está prendida, los famosos desfilan con desiguales resultados y el empuje del programa es imparable. Dentro video, primera de las constantes sobre las que se estructurará el programa: un recopilatorio de clips simplemente ÉPICO donde no falta nada ni nadie. Lo mejor de lo mejor de lo puto mejor de cuarenta años de televisión compactados en unos pocos minutos que nos hacen olvidar todas las épocas pronunciadamente bajas que ha tenido el show y la más reciente herida sangrante: el abandono casi total del penúltimo cast.

 

 

El resto, las siguientes dos (¡!) horas, son un poco formulaicas y rebajan las cotas de intensidad. Hay de todo. Cosas buenas, cosas muy de ellos -una celebración intensiva del espíritu neoyorkino- y cosas un tanto chirriantes, como la obsesiva pleitesía al (sí, rey, claro) Lorne Michaels, acompañada de toneladas de autoindulgencia y ombliguismo, combinados, menos mal, con ráfagas de sana autocrítica. Por momentos la cosa termina incluso pareciendo una gala de los Oscar, donde no falta ni el emotivo recuerdo para los que se marcharon: John Belushi, Jan Hooks, Andy Kaufman, Phil Hartman, Chris Farley o, claro, Don Pardo. Además se dan un buen puñado de momentos inanes, actuaciones musicales un poco irregulares (Paul McCartney, Miley Cyrus, Kanye West, Sia, Paul Simon) y nervios perjudiciales. Balance desigual en las interpretaciones, donde a ratos el programa parece un desfile de cómicos que hace años perdieron su mojo mientras que en otros nos recuerda que a menudo los propios actores estaban muy por encima del guión. Sí, todo eso es cierto, pero sea como sea es un placer recuperar secciones clásicas de ayer y hoy en nuevas entregas del teletienda de Dan Aykroyd, el «Celebrity Jeopardy», los pijos de la costa oeste de «The Californians», un «Weekend Update» con Fey, Poehler y (yeah!) Jane Curtin, o una edición más estúpida de lo que solía ser habitual de «Wayne’s World».

 

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Así que en resumen este SNL40 padece a ratos de los mismos males que lo han caracterizado en sus últimos años (desinspiración, irrelevancia, ausencia del ácido sociopolítico que caracterizaba las primeras temporadas) pero al final sus highlights han sido total y absolutamente gloriosos. Un profuso caudal de momentos memorables que nos han recordado por qué amamos la televisión cómica americana en general y Saturday Night Live en concreto. Con todo, un programa intenso, emotivo, hilarante, imparablemente enérgico, no sólo por méritos propios sino por lo que logra generar en cualquiera que se haya sentido atraído por su propuesta alguna vez en la vida. Dan ganas de salir a la calle, sea la hora y el día que sea, y berrear como energúmenos eso de LIVE FROM NEW YORK IT’S SATURDAY NIGHT!!!