Las cosas que merecen ser contadas

Entorno a la reciente publicación del cómic Murderabilia, de Álvaro Ortiz, una pequeña digresión…

Valor de futuro, qué coño, más bien presente firme de la narrativa comiquera de este país, Álvaro Ortiz acaba de regresar con un nuevo álbum bajo el brazo que confirma cualquier buena impresión dejada por su anterior Cenizas. Mucho se podría hablar de este excepcional Murderabilia y de sus incontables virtudes, de su ritmo preciso usado para contar las cosas justas, de su ambientación cinematográfica propia de (de nuevo) una suerte de Twin Peaks de bolsillo, de su amplia paleta de tonalidades cromáticas y de texturas emotivas, de su oscura fijación por el coleccionismo de datos macabros y su celebración de la memorabilia fúnebre (murderabilia, ahí queda el término para la posteridad). Quizá habrá un momento en que hablemos de todo ello. Quizá no. Pero sí me gustaría detenerme en un punto concreto del abanico temático de esta obra, para una reflexión que preveo breve, expresada un poco a vuelapluma y que no tengo muy claro que vaya a aportar conclusiones de especial relevancia: la reflexión que lanza el autor sobre esa chispa que debe dar inicio un proceso de escritura sólido, fundamentado y apasionado.

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