Las cosas que merecen ser contadas
Valor de futuro, qué coño, más bien presente firme de la narrativa comiquera de este país, Álvaro Ortiz acaba de regresar con un nuevo álbum bajo el brazo que confirma cualquier buena impresión dejada por su anterior Cenizas. Mucho se podría hablar de este excepcional Murderabilia y de sus incontables virtudes, de su ritmo preciso usado para contar las cosas justas, de su ambientación cinematográfica propia de (de nuevo) una suerte de Twin Peaks de bolsillo, de su amplia paleta de tonalidades cromáticas y de texturas emotivas, de su oscura fijación por el coleccionismo de datos macabros y su celebración de la memorabilia fúnebre (murderabilia, ahí queda el término para la posteridad). Quizá habrá un momento en que hablemos de todo ello. Quizá no. Pero sí me gustaría detenerme en un punto concreto del abanico temático de esta obra, para una reflexión que preveo breve, expresada un poco a vuelapluma y que no tengo muy claro que vaya a aportar conclusiones de especial relevancia: la reflexión que lanza el autor sobre esa chispa que debe dar inicio un proceso de escritura sólido, fundamentado y apasionado.
Mucho se podría hablar de este excepcional Murderabilia y de sus incontables virtudes, de su ritmo preciso usado para contar las cosas justas, de su ambientación cinematográfica, de su amplia paleta de tonalidades cromáticas y de texturas emotivas
No son pocos los manuales de guión o los gurús de la narrativa que insisten en repetir una y otra vez una de las máximas centrales en nuestro trabajo: escribe sobre aquello que conoces. Al margen de que pueda uno estar o no de acuerdo con semejante compartimentación del conocimiento y obviando (los imprescindibles) trabajos de documentación que llegarán a posteriori en el curso del proceso creativo, sí es cierto que cuando logramos establecer una conexión más firme entre el objeto y nuestra conciencia, o entre el tema y nuestra emotividad personal, la cosa parece ir más rodada. O por lo menos parece nacer más sana y fuerte, mejor preparada para una narración fundamentada. De eso habla en el fondo Murderabilia y lo hace partiendo de una base conocida por todos: la crisis creativa del escritor que aún no lo es, que siente en su interior que quiere y debe escribir algo aunque aún no sabe qué.
A lo largo del camino de esa, ejem, iluminación aparecerá la carta romántica, el hecho cotidiano, la ruptura de lo extraordinario representado en un personaje fascinante, un anciano coleccionista que podría habitar el remake que haría Tobe Hooper de una película de Rohmer. También se hablará de la incomprensión y marginación del que es distinto, del hermetismo propio de las comunidades pequeñas centradas en su propio sistema de reglas morales, del silencio y las mentiras, de la fascinación oculta de una sociedad por sus propios monstruos, de la memoria, el recuerdo y el testimonio que representan unos objetos que pugnan por trascender su propia condición de eso, objetos. Del envejecimiento, la amistad, el amor (o no) y de gatos carnívoros. Pero en el fondo Murderabilia es la historia de un camino hacia la maduración. Una más superficial, la de un Malmö que debe pasar de ser un postadolescente ni-ni a un hombre responsable de si mismo y otra más profunda: la de la búsqueda epifánica de esa experiencia, de esa parcela que le pertenece a uno por derecho. El terreno que explorará, y donde encontrará, en una catarsis en la que finalmente se unan la inspiración y los hechos, aquello que merece ser contado, aquello que lo convierta no sólo en hombre sino, por derecho propio, en un escritor.
No sé si realmente hay cosas que merecen ser contadas o es nuestro trabajo convertir los meros hechos en situaciones dignas de estudio pero, de algún modo, en eso también consiste nuestro trabajo, ¿no? En descubrirlo. En decidir contar algo, creer en esa elección y por el camino probarnos a nosotros mismos y a nuestros lectores, o espectadores, que lo ordinario también puede ser extraordinario.

