Lecturas esenciales: Conversaciones con Billy Wilder, de Cameron Crowe
Primera parada.
Todo buen aficionado a la literatura relacionada de algún u otro modo con el cine tiene un título ineludible al que acudir con asiduidad para resolver sus dudas existenciales. Uno de esos libros a los que puede recurrir una y otra vez y siempre saldrá recompensado con nuevos matices que le podían pasar desapercibidos. Un libro en concreto que marcó historia. Y ese se llama El cine según Hitchcock.
Perogrullada. Pero resulta que un poco a la manera del libro de entrevistas que pergeñó François Truffaut entorno al maestro británico se postulaba como obra de referencia a finales de los noventa este otro semiclásico de la entrevista cinéfila. El director Cameron Crowe se reunía durante un tiempo con un ya nonagenario Billy Wilder. Compartía con él comidas y veladas, en solitario o junto con la ya inseparable Audrey, y plasmaba, en un tomo que bordeaba finalmente las 400 páginas (por lo menos una de las dos ediciones de Alianza disponibles en el mercado actualmente), su visión de la vida, del cine y sus impresiones en retrospectiva sobre su propia carrera, su entorno y el devenir de la Europa de los 30 y 40 y el Hollywood de entre los 40 y los 80. El resultado es una apasionante charla-río emotiva y analítica que contiene algunas de las claves para comprender la visión del director austríaco entorno al cine como arte, como espectáculo y como manera de ganarse las lentejas. Un torrente de información a ratos rigurosa, a ratos delirante (tanto como lo debía ser en el fondo la vida diaria en aquel parque de atracciones llamado Hollywood) y siempre irónico, que supone un repaso exhaustivo por los pensamientos de un tótem com más de sesenta años de carrera a sus espaldas.
Una apasionante charla-río emotiva y analítica que contiene algunas de las claves para comprender la visión del director austríaco entorno al cine
Semejante caudal no está exento de altibajos, por supuesto. El cronista probablemente debería haber podado un poco más en favor de la síntesis, podría haber evitado las redundancias del propio Wilder y podría haber puesto más esmero en el orden expositivo y en la compartimentación de los temas, en algunos momentos un tanto caóticos en su presentación. Pero qué duda cabe que en el fondo este texto adictivo y apasionante no tarda en generar una detallista fotografía del genio, reverencial pero no necesariamente servil, visceral pero no por ello descerebrada. Y supone un recorrido sarcástico y ácido a lo largo de todas sus películas, tanto las que firmaba como guionista como, posteriormente, las que también rubricaba como director. Un texto que no obvia cierta cantidad de morbo (las opiniones vertidas sobre productores, actores y directores; muy jugosas en especial las de Marilyn o Mitchell Leisen), pero que especialmente se muestra revelador y necesario para cualquier seguidor de la filosofía wilderiana. Y, especialmente, atractivo para cualquier guionista gracias a la enorme cantidad de sabiduría que destilaban al respecto cada una de las palabras del maestro.
Una lectura apasionante.
